viernes, 3 de noviembre de 2017

Los últimos Hippies del mundo

Texto: GiorgioDammit

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I have spent the last two centuries locked in a box, with nothing to keep me occupied but a glimpse into the dark shadows of my soul

Barnabas Collins



"Ahora está todo lleno de hipsters, hace diez años Villa De Leyva era de los hippies", dijo Juan Camilo, colombiano al que conocimos pocos días atrás y que resultó estar buscando con mucho afán un pantalón hippie, y de paso algunos hippies para preguntarles sobre su desaparición de este pueblo que antes fuera una de sus mecas colombianas.

Todo esto del hipismo en Villa de Leyva me hizo pensar en mi época de estudiante de preparatoria, allá por el 2001, cuando quedaban 5 hippies haciendo malabares de circo en el patio central de la Prepa 6. Los últimos después de una dura cacería de brujas por parte de las autoridades universitarias, según me contara una ex novia de aquellos tiempos. Al parecer después de la huelga del 98, en la UNAM querían menos piojosos y revoltosos y más niños buenos que siguieran las reglas al pie de la letra; o sea, los chavitos de mi generación, más bien, los de la siguiente, los míos aún venían un poco maleados. 


Aquellos últimos hippies de la prepa 6 eran tres hombres y dos mujeres, una de ellas llamada Elisa, quien portaba unos tatuajes curiosos en sus hombros pecosos y siempre estaba pintando mantas enormes, con consignas que en esos tiempos jamás llegué a entender. Otro era Ken, un rubio esquelético y alto, cuyo poder mutante era lanzar bombas molotov salidas de la nada; otro era Cristobal, un galán parecido a Brad Pitt con el que todas las compas soñaban; el otro era Mario, un chico moreno y delgado, al que vi por última vez en mitín frente a rectoría, donde él leyó un poema  (o un manifiesto) para el subcomandante Marcos/ ahora Galeano. La otra hippie que recuerdo era mi ex. Quizá había más hippies (o hippies de verdad, de los que viven en la calle y venden sus artesanías para comer o viajar) pero yo los recuerdo particularmente a ellos, porque eran todos una pandilla de hijitos de mami. 

Una vez platicaba con alguien sobre el fin de los hippies en la prepa, y esta persona me dijo que no sólo era aquí, sino en todo el país, en todo el mundo. 

"Los pocos que quedan están migrando hacia el norte en pequeños grupos de artesanos nómadas. Van haciendo malabares, figurines, comida orgánica preparada con sus manos y otras cosas por el estilo", dijo.

Le pregunté si a Canadá y me dijo que no, que más arriba, hacia el verdadero norte, el Aztlán mítico... de regreso a la semilla primigenia, rolando forever en la primavera del mundo, buscando la Casa de Acuario, antes del fin de todos los tiempos. Peace, bro. 

Sobre mi novia de la prepa que decía haber sido hippie, más adelante resultó ser fan de Felipe Calderón y el panismo progre. Supongo que nadie es perfecto, por ejemplo a mí me gustaba ella porque creía que era punk, hasta que descubrí que de punk sabía cero, puro Silvio Rodríguez inundaba su repertorio melódico. 

Una vez esta chica me dijo que hiciéramos una lunada en un rancho que su papá tenía en Cuernavaca. Me dijo que invitara a mis amigos y ella invitaría a los suyos, verdaderos hippies de altura (quienes en realidad eran uno mirreyes de Coapa insufribles, que no dejaban de intentar corregir mi pronunciación en inglés). No muy convencido de la idea dije a Emiliano, alias Gutierritos, alias El caries. "Dude, hagamos una lunada en Cuerna, con fuego y gente que toque la guitarra y esas mierdas." 

"No, mejor hagamos una luneta", me respondió a modo de broma, en un chiste ominoso que hasta la fecha no comprendo. Luego sacó una bolsa de lunetas de su bolsillo, tomó una y se la comió mientras yo lo miraba con cara de no entender. Acto seguido, volvió a murmurar con voz apenas audible: "Sí, hagamos una luneta, una luneta, luneta, luneta... luneta." 

¿A dónde se han ido los hippies del mundo? Es algo que no siempre nos preguntamos pero que deberíamos. ¿Deberíamos? Compañeros bodhisattvas tomando en cuenta los últimos sucesos de la Nada. ¿Qué ha pasado con los hippies de Villa de Leyva?

De regreso en Colombia, por la tarde caminando entre las calles empedradas del pueblo Villa de Leyva, llenas de restaurantes Gourmet, festivales de jazz interrumpidos por misas de pueblo, boutiques de artesanías para turistas y bares hipsters, encontramos a las afueras de una tienda de abarrotes a tres hippies compartiendo a tragos una botella grande de cerveza Club Colombia. 

Dos hombres y una joven. Uno mayor, como de 60 años, alto, moreno y de pelo blanco, con dreadlocks tan sucios como sus dientes; otro más bajo, como de 40 años, ojos claros y cabello crespo, como le dicen acá en Colombia a los rizos; la mujer tenía ojos claros, una perforación en la nariz y no pasaría de los 27. 

Pienso en los beats, bebiendo sus tragos en alguna cantina del viejo y podrido DF. de los años 40. Pienso en el viejo Burroughs intentando conseguir sus drogas en la antigua Tenochtitlán de mediados del siglo XX, la ciudad de los salvajes, como la llama Kerouac en On the Road. 

Pienso en ese misterioso pariente mío, que según cuentan fuera un beat mexicano, medio dealer, medio drogo, medio fantasma; hombre podrido, hombre del alba y charlatán, como algún Jaibo olvidado que Luis Buñuel jamás llegara a conocer. Según Jorge _______, el especialista mexicano de la cultura beat, en aquel DF de mediados del siglo XX, William S. Burroughs conseguía sus drogas a través de un tipo de apellido curioso, algo como Ternero, Terero o Termero, que el mismo Bill jamás pudo pronunciar correctamente, así como Patti Smith jamás podrá pronunciar Juan Vi-lo-ri-o o Vi-la-ro. 

"En realidad nunca entendí la palabra. Pero ahora que escucho tu apellido, Tercero. Creo que quizás era ése, Tercero, el nombre del dealer del que me hablaba Burroughs", me dijo Jorge durante una entrevista que le hice en 2016.

Vinimos a Colombia porque nos dijeron que acá estaba bacán. Nos lo dijo una tal Azuvia Licón Villalpando, mexicana del norte, específicamente de Hermosillo, Sonora, quien llegó a estas tierras sureñas hace más de 6 años en una búsqueda personal. ¿Ontológica? I don't know. Su propio lost in traslation, su aventura en pos del Santo Grial. Ahora ya es doctora importante en literatura de género y se codea con las investigadoras prestigiosas del medio. Pero la búsqueda sigue, esto no se acaba, mi hermana. 

Atravesar Bogotá en el Transmilenio es como cruzar espacios de la Ciudad de México que nunca habías visto en tu vida. Si me logro desorientar por instantes, escucho el español colombiano como si fuera igual al chilango. Es una extraña forma de Sinestesia del lenguaje. De camino hacia Villa de Leyva los paraderos de camiones colombianos se parecen a los del Metro Tasqueña, según dijo Paty. También me recordaron los de Cuatro Caminos, en mi antigua ruta que transitaba hace años para llegar a Echegaray. 

Lo primero que me llamó la atención de este poblado colombiano fue la enorme plaza en cuyo centro se encuentra una pequeña fuente, tan solitaria y tan pequeña. Sin el menor asomos de servir para algo, al contrario. En otras plazas de Villa de Leyva hay Bustos de libertadores como Antonio Nariño, quien según relata Azuvia, fue un dude que peleó una guerra ideológica a través de la imprenta. Nostalgias por los bellos terrorismo impresos de los años dorados de Latinoamérica. 

Le mostré al poeta guanajuatense, Carlos Almaguer una foto de la plaza de Valle de Leyva donde aparece Paty de espaldas. Carlos me dijo que aquella plaza parecía infinita. Y quizás a su manera lo sea.

Colombia, lo poco que he visto, pareciera siempre tan sólo un pedazo de algo infinito. Quizás es puritita ignorancia de viajero idealista. Contrario a lo que me sucede últimamente con México, que se nos está acabando frente a nuestros ojos. Que depronto pareciera que no quedará nada. 

Después de unas cervezas en un lugar de la plaza central, los tres hippies de antes nos abordaron. Primero llegó el dude de ojos claros y cabello crespo. Nos regaló unas pulseras, que, según afirmó, nos darán un deseo el día que se nos caigan. "Cósmico, hermano". Primero me pareció muy intenso pero luego reconocí a un sobreviviente en él, todos los proletarios y los vagos somos sobrevivientes en estos días. Le dijo un par de cosas lindas a Paty, sobre que debería escribir más, sobre que a veces la gente que no quiere mostrar sus textos, un día da la sorpresa. El Gato, nos dijo que se llamaba o que lo llamaban. 

Me aconsejó ir con mi padre, a quien casi no veo y decirle mirándolo a los ojos: "Loco, gracias por darme la vida, porque gracias a ti la estoy pasando bien".

Fue extraño pero estuvo bien. Me dejó pensando de verdad. A veces aparece gente que dice cosas que se le quedan a uno como un eco de otras cosas que no sabe de dónde vienen, como en un sueño que tuve en el que se podía llegar a Brasil en una estación oculta del Metro de la Ciudad de México. 

Luego El Gato nos habló de la Pachamama y de otras cosas que suelen decir los hippies. El hippie alto y viejo dijo que conocía Guanajuato, Acapulco y creo que Oaxaca. "Allá en México está bacán, mi hermano. He rolado mucho por allá", dijo. 

Le compramos artesanías a los hippies. Paty se quedó con un arete de una sola pieza, largo y curioso que me recordó otro arete parecido que tuvo hace muchos años cuando nos acabábamos de conocer. El Gato estaba feliz, parecía un personaje sacado de alguna película extraña. ¿Sería como Lucas el lunático que le da el mapa de la playa a Dicaprio, o como Israel, el profeta bíblico de El Bar de Alex de la Iglesia?

"Marica, antes que nada, a usted que aunque dice no ser escritor, escribe, le voy a pedir que haga algo para mí. Un poema si quiere", me pidió El Gato.

"Marica, que no soy poeta ni quiero serlo", le respondí.

"Jajaja. Véalo pues, marica, que usted puede ser poeta si quiere. Me conformo con que me escriba lo que usted quiera. Si no lo voy a perseguir hasta México. Y un día me lo voy a encontrar y le voy a decir: Marica, dónde está mi texto".

"Jajaja. Trato hecho, amigo. Yo te escribo algo, lo que sea", le prometí. 

Al despedirnos de ellos, pensé que quizás El Gato de verdad quería un poema hecho al aire, como hacen los trovadores hippies y los cantautores inspirados, pero tendrá que conformarse con mi crónica. Porque de alguna forma esto es el texto. 

Antes de dormirme ese día pensé en la Pachamama, en la virgen María, Tonatzin, Guadalupe y en la Cuahtlicue. Nice girls, a veces me gusta pensar en ellas. 

Epílogo.

Al otro día al caminar por la plaza ya no había rastro de los hippies. ¿Se habían ido sin su texto? ¿Se habrán transformado en una luneta? ¿Habrán partido para seguirla rolando alrededor del mundo? Al final Juan Camilo encontró su pantalón hippie y yo también me compré unos, por no perder la oportunidad. 

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