miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cabeza de aguacate










No sé cómo diablos lo pude confundir... Como todas las noches, mi papá abrió el portón para guardar el carro en el patio de la casa. Salimos a recibirlo y cuando él nos saludó, noté algo diferente en su expresión... la sombra de un bulto grande en la parte trasera del auto me desconcertó. Desde el principio supe que era un muerto, pero pensé que era imposible que mi padre estuviera involucrado en algo así.

Al día siguiente, mi madre fue quien notó algo raro en su comportamiento, me lo dijo. Cuando lo acompañamos, como todas las mañanas, para detener las puertas del portón y que sacara el carro me aterré al darme cuenta de que el bulto era el cuerpo inmóvil de mi padre. Ya para entonces mi mamá se había metido a la casa. Corrí hacia el sujeto y un deseo de odio incontenible se apoderó de mi, sólo quería verlo muerto, así que con un pico que en casa usaban para plantar lo golpeé hasta que dejó de respirar.

No sabía qué hacer. En un instante me había convertido en un asesino y como tal tenía que desaparecer el cadáver lo más pronto posible. Tampoco sé cómo ocurrió, pero cuando me proponía a arrastrar el cuerpo inerte lo único que tenía en la mano era la cabeza del muerto, o eso pensé, porque cuando bajé la mirada solamente llevaba un aguacate.

by Mercy Mercedes Gahan (Special guest), Noviembre 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un mal escritor





Aquel lugar olía un tanto a humedad mezclada con granos de café frito, tal vez por ello, desde la primera vez que él entró en el silencioso cafecito supo que sería el lugar perfecto para el asesinato… Y en ese detalle estábamos de acuerdo tanto escritor como personaje…
Todo había comenzado con un café cargado y terminaría con otro, no menos cargado. Desde varios meses atrás él fantaseaba con el momento en que se desquitaría de tantas humillaciones: de la separación y sobre todo del rechazo de ella a seguir juntos. Este último párrafo me había parecido vomitivo desde que surgió en el relato pero no encontraba ninguna forma mejor de explicar (en menos palabras) el proceso psicológico por el que atravesaba mi personaje; así que al final decidí dejarlo. Di unos cuantos sorbos de mi cerveza 1906 y encendí la tele, esperando que tal vez al ver Futurama durante algunos minutos pudiera surgirme alguna idea fresca. Pero nada...
Todo sería simple, ella llegaría al lugar llena de esa odiosa confianza que la caracterizaba y se sentaría frente a él para discutir las cuestiones mundanas, inherentes a una separación. Él accedería a todo lo que ella quisiera, como parte de su coartada: se portaría como un total caballero. Como nunca antes se había portado. En algún momento ordenarían café, esperarían un poco, entonces ella, como de costumbre, iría al baño antes de probar su bebida o alimentos. Él usaría ese momento para verter en la taza de ella, el contenido de un pequeño sobre de plástico que guardaba en su chamarra. Ella regresaría, le daría un par de sorbos a su café y, tal vez al notar el amargo sabor del químico, pediría que le cambien su café aludiendo que ése se encontraba demasiado cargado. De todas maneras, tan sólo era necesario un ligero beso a la taza, como ella solía decir siempre, para que el plan surtiera efecto. Él aprovecharía ese momento para pedir la cuenta y despedirse. Todo estaba ya perfectamente tejido y tomando en cuenta que ella era una persona de hábitos fijos, la cosa no podría fallar. Desde la bocinas de mi grabadora me llegan fragmentos de una canción de Unkle...¿"In State"? Me despierto tan sólo para darme cuenta que son las 2:00 am. y que aún no logro acabar el cuento. Cinco latas de cerveza y apenas llevo una página y media de relato. El concurso empieza mañana temprano, por lo cual ya no me dará tiempo de cambiar la estructura del cuento, mucho menos a estos personajes idiotas de los que estoy harto. Parecen salidos de una mediocre imitación de cuento de Patricia Highsmith. Lo del veneno (recurso un tanto obvio y trillado) fue un abrupto cambio de último minuto. En realidad cuando la idea del cuento surgió en mi mente el asesinato sucedía con una granada de fragmentación; detalle más agresivo y algo inesperado. Alguien me dijo que las explosiones eran muy infantiles mientras que un veneno le daría un toque elegante al texto. ¡Pinche veneno, pero en fin! Así que guiado por mi misterioso gurú, decidí acoplar lo del veneno a mi intento de maniobra de supense. Y como ya había mencionado, no me convencen mis personajes: si yo fuera el productor de una película de Hollywood despediría a estos personajes inútiles y contrataría a otros (si no más capacitados) por lo menos más carismáticos: tal vez a Keanu Reeves. Pero lo malo de ser un escritor novato y con pocas ideas es que uno no puede darse ese lujo. No me refiero a imaginar a Mr. Reeves en uno de mis relatos sino a anular a mis personajes de un golpe para construir otros totalmente diferentes: para eso tendría que borrar todo el relato y comenzar desde el principio o tal vez tendría que cambiar el tono de la historia, quizás cambiar toda la idea. ¿Darle más profundidad a mis personajes? No lo sé, cuando estoy desvelado comienzo a pensar más lento. De cualquier forma ya no hay tiempo para nada de lo anterior. Lo único que sé es que debo acabar este cuento, pues me ha traído demasiada mala suerte como para dejarlo inconcluso. Ya lo siento más como una carta cadena. A final de cuentas todo esto del concurso de cuento y de escribir un cuento se ha vuelto un capricho; una obsesión que ha surgido, posiblemente, a raíz de las veinte derrotas consecutivas que he sufrido en los últimos certámenes de cuento en los que me he inscrito. Esto ya es personal, es por honor y por respeto a mí mismo...iré por otra cerveza y tal vez por un poco de tequila.
Aquel día ella llegó algo agitada y se sentó silenciosamente, después de haber lanzado una rápida ojeada al lugar. Él la miró con curiosidad, un tanto divertido al percibirla tan vulnerable. Por un instante dudó, pero al minuto se convenció de seguir con lo planeado. Él ordenó un expresso mientras ella tan sólo pidió un simple americano. Así, cuando ella se dirigió al lavabo, él vertió el polvo sobre la taza que contenía aquel que sería, el último americano de la joven. Al regresar del sanitario ella pronunció las primeras palabras de la tarde. Al parecer se había peleado con su nueva pareja y se encontraba bastante deprimida. Y contrario a lo que él hubiera esperado, ella comenzó a recordar los viejos tiempos.
Se habían conocido por un azar, por un juguetón gusto en común, el de buscar nuevos escondrijos, acogedores lugares donde sirvieran buen café y donde pudieran pasar largo rato leyendo por el precio de unas cuantas tazas. Una tarde, después de haber coincidido ya varias veces en diversos locales, sus miradas se cruzaron en una cafetería de la calle de Orizaba. La primera vez que él la vio sintió una fuerte presión en el pecho. En aquella ocasión él la había hecho reír mucho imitando al alemán de Bagdad Café, en la secuencia que el personaje aspira café molido como si se tratara de una línea de cocaína. Ella había mencionado la aparición de Bill Murray en Coffe and Cigarretes, sufriendo delirium a causa de días de ingerir frenéticamente café. “A veces me sucede”, había comentado ella entre risas. Más tarde vendría el juego continuo, el fingir encontrarse sin plena cita en distintos lugares de la ciudad e, inevitablemente, el despertar juntos. Cuando ella estaba muy alegre, acostumbraba intercambiar tazas sin que él notara la maniobra. Después ella se delataba con una risotada espontánea, tan nítida como el sonido de un cuchillo de plata contra el borde de una copa. Mientras yo leía mi texto en aquella mesa al aire libre, frente a todas esas personas del concurso, de verdad creí por un momento que ganaría... pero nada, todo fue un asco. Ni si quiera pude quedar en quinto lugar. Aunque acepto que el primer lugar estaba más que merecido -lo cual me hiere profundamente con tan sólo recordarlo; no puedo creer haber perdido incluso el quinto lugar contra esa tipa admiradora de Ricardo Arjona. Eso fue demasiado bajo hasta para mí. Ni siquiera pude sentirme mejor con el hecho de haberles ganado a todos los otros concursantes el único taxi del sitio, en el preciso instante en que comenzaba un aguacero. Al llegar a casa arrojé las copias de mi relato al boté de basura y destapé frenéticamente mi reserva de felicidad; una botella medio empezada de Whiskey Jonnhy Jumper. El plan no era seguir las enseñanzas etílico-literarias de Hemingway sino simplemente vaciar la maldita botella.
En ciertos momentos de la charla ella le había tomado las manos, lo cual lo había puesto muy nervioso y confundido. Ninguno había probado aún su café, sólo se miraban y sonreían. De pronto ella intentó besar su mano, pero él la apartó con suavidad, para luego levantarse al sanitario. Mientras se mojaba la cara sentía como si su coraza externa se estuviera desplomando a pedazos ante la fragilidad de su compañera... Las imágenes de ella humillándolo, tildándolo de perdedor y riéndose con esos insoportables largos dientes blancos se mezclaban con la imagen de tímida fragilidad que ella exhibía en aquellos momentos. Mi Whiskey se había terminado y yo había llegado a una conclusión definitiva. Me miré al espejo largo rato intentando darme valor y cuando sentí que ya estaba listo puse los dedos sobre los dedos del otro yo que me contemplaba desde el lado contrario. Ambos asentimos levemente mientras compartíamos un tabaco. Apagué la colilla sobre el espejo, arrojé la botella contra la pared con fuerza y me precipité a abrir el baúl que yacía debajo de mi cama. Retiré los candados y de su interior extraje la Winchester que había sido de mi bisabuelo (en aquel el tiempo en que vivió en Parral Chihuahua y peleó en la Revolución. No es que eso importe ahora) y una pistola calibre 45 con casi toda su carga. Sólo eso sería suficiente. Puse la artillería en una mochila de mano y tomé mi bicicleta.
Él no sabía qué hacer, sus manos temblaban demasiado y tenía los labios secos. De pronto se decidió interrumpir el plan, pues se dio cuenta que después de todo, aunque ya no la amaba, no podría matarla. Le faltaba sangre fría para ello.
Me detuve en la estación de metro Copilco, amarré la bici y me precipité a abordar el primer tren posible. Mi destino era la estación Hospital General. Y como lo supuse, el viaje no fue largo. Tenía poco tiempo, así que tomé mi libreta y comencé a escribir velozmente…
Cuando regresó del baño, la mujer al verlo tan pálido y sudoroso le pasó un pañuelo. “Tienes la boca muy seca, deberías beber algo”. Antes de comenzar a hablar él le dio un par de nerviosos tragos a su café (no estaba tan cargado como otras veces). Cuando ella se disponía a beber el suyo, él le detuvo la mano con brusquedad. “No lo bebas, puede que no te guste…”, le dijo a la chica. “Pero ¿no habías sido tú el que propuso esta cafetería por el buen café?”, exclamó ella con un leve toque de ironía en los ojos. “Además ya casi me acabo mi taza.”
Al escuchar estas palabras el rostro del hombre se llenó de miedo, sentía que todo había sido una equivocación, pronto el veneno la mataría por un capricho de él. Pensó que ya no podía salvarla pero que aún podía intentar salvarse a sí mismo. Comenzó a sentir una fuerte presión en el pecho, de su boca salían murmullos inteligibles y sintió la necesidad de escapar rápido de aquel lugar. Pero no se movió, solamente su rostro se contrajo mientras la temerosa mirada de ella lo seguía…
…pero no sólo la mirada de ella lo seguía. La ansiosa mirada de un individuo lo distrajo por un instante. Era un tipo raro, despeinado y sudoroso (en un rango alrededor de los veinticinco años de edad) que cargaba una pesada mochila de alpinista. El individuo lo miraba desde la ventana del café a la par que escribía, con expresión maniática, en una libreta de mano…
Un espasmo lo hizo escupir un poco de sangre, lo cual lo regresó a su problema principal. Recordó que cuando estaba en el lavabo había creído ver de reojo a ella mover algo en la mesa ¿Tal vez las tazas? Su taza se deslizó de entre sus dedos, miró los negros ojos de la mujer al tiempo que el dolor en el pecho aumentaba. Mientras comenzaba a tambalearse se dio cuenta que, de una forma o de otra, todo se había acabado con esa última taza de café… 

¿Fin?


…Permaneció unos segundos mareado con la cara apoyada contra la mesa. Aún sentía el café caliente sobre su piel cuando levantó la vista. La mujer lo miraba angustiada. “Sigo…vivo…”, fue lo único que se le ocurrió decir. En aquel instante el hombre que había visto antes desde la ventana, entró en el café blandiendo una calibre 45. “¡Cambié el final, imbécil! ¡Hora de reescribir nuestras miserables existencias, motherfuckers!”, gritaba frenéticamente aquel hombre mientras abría fuego. Al parecer se encontraba en estado de ebriedad o por lo menos bastante alterado. Disparó dos veces sin lograr darle a ninguno de los dos. La mujer gritó a la par que arrojaba su taza de café caliente en dirección al rostro del desconocido. Maniobra que logró desequilibrarlo por unos instantes. La gente comenzó a precipitarse para salir del establecimiento.
Con el rostro lacerado por el café que aquel personaje hijo de puta me había arrojado en el ojo, me dispuse a sacar la Winchester de la mochila. Por suerte había recordado cargarla en casa. Lancé un tiro al azar pero en dirección de mis presas, el disparo, por fortuna, dio justo en el hombro del personaje macho. Mi momentánea victoria me hizo sentir mucha emoción y, estúpidamente, bajé la guardia. Al ver a su compañero malherido, la hembra tomó un tenedor de la mesa y se abalanzó contra mí, que en ese momento me encontraba efectuando la danza de la victoria y les daba la espalda a mis enemigos. Aunque había recordado usar un chaleco antibalas, la borrachera no me había permitido imaginar la probabilidad de ser apuñalado por uno de mis propios personajes; por lo cual me encontraba totalmente desprovisto de cualquier tipo de coraza protectora.
Al sentir la profunda cuchillada que aquella estantigua de mierda me había propinado, giré bruscamente para repeler otro posible ataque. Con ello logré golpearla con la culata del rifle directo en la cara. Pero en el forcejeo perdí el rifle de las manos.
En aquel momento me encontraba lleno de furia y olvidando el Winchester, me arrojé sobre el personaje femenino para propinarle una buena paliza con el puño que aún podía mover. “Mue-re hi-ja-de pu-…” yo golpeaba marcando las sílabas a cada puñetazo, cuando de pronto escuché que alguien gritaba a mis espaldas. “¡Déjala, cabrón!!”. El otro personaje había cortado cartucho y me apuntaba con el Winchester. Pensé que la cosa se estaba poniendo interesante así que me detuve y, mientras preparaba el revólver, lentamente comencé a girarme hacia él. Cuando estuve frente al tipo, lo miré a los ojos y le dije: “I know what you are thinking…” Pero antes de poder terminar la emblemática frase de Harry el Sucio, experimenté una fuerte detonación sobre mi cuerpo. El muy bastardo me acaba de abrir un agujero en el abdomen. Acto seguido, le vacié las últimas tres balas de la 45 sobre el cuerpo. El tipo cayó dando giros de manera gloriosa, mejor que cualquier stunt de western gringo. Mis piernas comenzaron a flaquear y tuve que arrodillarme para sostenerme mejor las entrañas, que para aquellos momentos amenazaban con escapar de mi cintura. Al recobrar la conciencia la mujer corrió a abrazar el cuerpo agonizante de su compañero. Mientras le imploraba que no muriera, ella me miraba con ojos llenos de ira y lágrimas. Por mi parte, tuve que soltarme el abdomen un momento para encender un último cigarrillo. “¡Por qué nos haces esto, hijo de puta! ¡Por qué!... ¡Por qué!”, me gritaba la mujer con histeria.
Me tomé mi tiempo antes de responderle. Miré a través de los ventanales del lugar tan sólo para constatar que la realidad que yo había modelado, comenzaba a colapsarse. En la calle un silencioso huracán barría a su paso autos, banquetas, árboles y hombres por igual…Tal vez todo se debía a que mi mente empezaba a nublarse a causa de la pérdida de sangre. Di una larga fumada al cigarro al tiempo que decía con gran esfuerzo:
“Les hago esto…porque soy un mal escritor, ¡ja!” y al terminar tan mediocre parlamento apagué mi tabaco sobre un amasijo de C4 que había estado ocultando entre mi ropa, un sublime verso ardiente que ningún personaje jampas podría olvidar. 
Skeletonboy, Noviembre 2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

Esbozos pulp de un misterio sin secuela…



Eduardo Martínez se levantó aturdido en medio de aquel callejón maloliente. En su quijada aún punzaba el golpe que una sombra misteriosa acababa de propinarle y a raíz del cual su rostro exhibía una coqueta mancha de sangre seca alrededor de la boca. “No podría encontrarme en una situación más mierdosa”, pensó.

Al parecer su compañero e inseparable camarada, el intrépido y fabuloso Doctor Kalashnikov había desaparecido al igual que el agresor. Aquel compañero excéntrico y sombrío que el destino (dios o el diablo) había puesto a su lado, en ocasiones llegaba a ser todo un problema; a veces sentía que el genial científico y artista del escapismo lo ayudaba incondicionalmente y en otras sentía que el Doctor quería destruirlo y apuñalarlo por la espalda con extremo sadismo. Fuera como fuera, Kalashnikov era su compinche y la mejor ayuda que pudiese pedir, sin importar su tendencia a desaparecer cada que el peligro acechaba, a relacionarse con muchos de los maleantes a los que combatían (al grado de haberse pasado a su bando sin explicación previa o posterior, en más de una aventura. Situación que Martínez muchas veces había tenido que encubrir ante la ley) o a disparar sobre los enemigos cuando ya estaban rendidos. A pesar de su sociedad con el Doctor, Eduardo no ignoraba aquello que supo desde el primer día en que trabajaron juntos: que el Doctor Kalashnikov era un ser perverso, casi tan diabólico o tal vez más que cualquiera de los criminales y psicópatas a los que cazaban noche tras noche. Pero, en dado caso, qué mejor recurso que combatir el fuego con NAPALM, se decía constantemente para no deprimirse.

Volviendo al tema, Eduardo pensaba que todo aquello parecía obra del terrible narcotraficante puertorriqueño Daddy Joy: Un descabellado criminal del mundo de las drogas e incluso sospechoso de haber colaborado en el September eleven de los gringos; por no mencionar su enfermiza obsesión por la pornografía de ancianos. Joy era la pista más obvia, aunque también la menos probable como siempre sucede en este tipo de aventuras; es por ello que Eduardo Martínez no pasaba de largo los nombres de otros muchos grandes renegados, como el caso de Bin Laden, el Chapo o Hitler. “Claro”, pensó Eduardo, “para Hitler es más fácil cometer crímenes perversos ahora, en pleno 2010, justo ahora que todos lo dan por muerto”.

Eduardo Martínez, detective y filósofo de profesión, entre sus miles de teorías, -muchas de ellas desarrolladas en el lejano periodo en que estudiaba derecho y tomaba un curso de secretariado bilingüe- tenía la cabeza hecha un embrollo y mientras se incorporaba pensó que el siguiente paso a seguir sería entrevistar a Felipe Birch, el controversial RocknRolla yonqui. Birch era su mayor contacto en el bajo mundo, por ser un tipo envuelto en diversos escándalos (desde drogas hasta prostitución) al que anteriormente se pensaba muy vinculado con el Cartel de Daddy Joy. Pero antes que nada, antes que buscar al culpable, antes que indagar el paradero de su fiel comparsa o cortejar a alguna dama… Antes era cumplir con el ritual y poner un poco de fuego en los pulmones.

Martínez recogió su 45 del suelo (revisó las balas), surgió caminando de entre las sombras del callejón y de su casaca verde militar sacó una aplastada cajetilla de cigarros sin filtro. “Tan sólo uno antes de seguir”, se dijo, y tenía razón porque un poco de poesía humeante en el cuerpo no le cae mal a nadie, mucho menos a un sabueso de criminales.

El detective caminó unos pasos hasta llegar a la avenida más cercana. Ahora, detrás de esa particular cortina de humo que emergía de sus fosas nasales, su propia cortina de humo, todo se veía más claro. Y la fisonomía del culpable se formaba entre las estelas del tabaco combinadas con las luces de los automóviles que cruzaban a gran velocidad frente a sus ojos. Recordó las palabras del viejo Desmond, su maestro…cuales quiera que éstas hayan sido, lo visualizó sentado en su silla de ruedas en su tienda de tableros de Ajedrez agitando la mano al aire como una especie de sabelotodo o como un obrero en una manifestación. Eduardo esbozó una sonrisa torcida y sacó de la cartera de Desmond un par de billetes. Al parecer la poetisa barroca venía acompañada de sus mellizas. “¿Whiskey o cerveza, chiquitas?”, preguntó Eduardo mientras contaba los billetes frente a sus ojos. Todas estas cautelosas medidas no las tomaba fortuitamente. Martínez sabía desde el comienzo que al echar a andar toda esta maquinaría diabólica él tendría que correr entre un alucinante sendero lleno de espejos y laberintos para que al final de la noche un tipo aún desconocido terminara con un tiro entre los ojos; mientras él, tan solitario como siempre, pero con un tarro de cerveza entre las manos brindaría a la salud de los poetas de la música norteña. Así es como funciona la maquinaría infernal del mundo moderno, de este mundo de sombras. Después de un rato caminando a prisa, como era su costumbre, notó que le dolía menos la quijada (sus pensamientos ya comienzan a disolverse entre éstas últimas letras) y mientras aprieta el cigarrillo entre sus dedos vislumbra que el resto de toda esta opereta barata será pan comido.

Guanajuato, Septiembre de 2010

La profecía inocua



Así que al final de todo la profecía parecía real. Yo tenía poco tiempo para salir y no podía encontrar mi otro calcetín limpio; tomé su mascada de seda y me la até al pie, me abroché el tenis ágilmente y me dispuse a salir corriendo.

Desde que nací soy polvo girando entorno a la nada pero mientras me mueva veloz puedo olvidar todo lo demás y concentrarme en correr más rápido.

Aquel día transcurría como en esa película donde Keanu Reeves tiene que desactivar una bomba puesta en un camión de pasajeros que va zumbando de tan rápido, antes de que éste explote. La diferencia es que en mi caso, la bomba está colocada en el cerebro.

La celeridad que siempre me impulsa a marchar sin tregua me conduce ahora hacia el metro, bajo la promesa de sentir que ella me amará frenéticamente como sobre un misil imparable, dispuesto a estallar contra algún país de medio oriente (contra la mismísima realidad ) y hacernos reventar en mil pedazos. Para algunos tal promesa podrá parecer algo sin importancia pero para mí era Destino; una profecía inocua pero ineludible.

A lo largo de mi viaje en el metro yo me entretenía en apreciar por las ventanas una fracción de la ciudad que, secretamente, me revelaba un poco del encanto fugaz de su cuerpo y de sus enredados tesoros. “La destrucción del mundo está próxima”, gritaba un frenético predicador en el vagón. “Pero yo tengo que llegar a Ella más rápido y mucho antes”, grité aún con más fuerza. Bajé del vagón corriendo mientras una canción sonaba estrepitosamente en mis audífonos. Correr a lo largo de los pasillos de metro Tacubaya siempre se me ha figurado como atravesar el interior de un drenaje del futuro, con agua sucia, olor a orines y grasa fluorescente resplandeciendo sobre las paredes.

Salí a la calle para pedir un taxi. “Descansarás cuando estés muerto…” decía Ron Pearlman desde una tele en un puesto de películas piratas a la entrada del metro. La noche era tan fría y yo la saboreaba en el viento que me golpeaba la cara desde la ventana abierta del taxi. Crucé Reforma como si mi taxi fuera el carruaje de un demonio. Pues yo sabía que a lo lejos, más allá del tránsito, Ella me esperaba en alguna parte. Yo lo sabía; así que mientras el taxi desplegaba sus alas sobre el infinito mantel de las avenidas, yo dejaba que la luminosa y frenética noche desplegase las mías.

Bajé del taxi de un brinco y, apenas caí sobre un charco, seguí corriendo. A lo lejos la divisé, Ella estaba allí, de pie con los brazos cruzados sobre su pecho, aguardando por mí como una aparición celestial; ahí, inmóvil en un marco que irradiaba una luz blanca y potentísima . Una luminosidad que me impedía verla directamente. El tiempo se detuvo por un instante y su resplandor absorbió la noche. “La nuit blanche”, pensé. La profecía se había cumplido de nuevo. Mis trastornos y mi sufrimiento habían concluido…una vez más.

A través de la cortina pude ver la luz del sol. El sol cayó como un furioso puño sobre mi cuerpo, todavía unido al de la extraña. Un nuevo día empezaba, el dolor comenzaba a apoderarse de mí otra vez y el frenesí volvía a lamer mis entrañas de nuevo. Apenas y pude ponerme mis lentes negros cuando la velocidad ya se estaba apoderando de mí otra vez. De nuevo me di cuenta que nunca habría descanso para mí. Salí corriendo a la calle, una nueva búsqueda profética había comenzado.


Skeleton-boy, 2009