
Así que al final de todo la profecía parecía real. Yo tenía poco tiempo para salir y no podía encontrar mi otro calcetín limpio; tomé su mascada de seda y me la até al pie, me abroché el tenis ágilmente y me dispuse a salir corriendo.
Desde que nací soy polvo girando entorno a la nada pero mientras me mueva veloz puedo olvidar todo lo demás y concentrarme en correr más rápido.
Aquel día transcurría como en esa película donde Keanu Reeves tiene que desactivar una bomba puesta en un camión de pasajeros que va zumbando de tan rápido, antes de que éste explote. La diferencia es que en mi caso, la bomba está colocada en el cerebro.
La celeridad que siempre me impulsa a marchar sin tregua me conduce ahora hacia el metro, bajo la promesa de sentir que ella me amará frenéticamente como sobre un misil imparable, dispuesto a estallar contra algún país de medio oriente (contra la mismísima realidad ) y hacernos reventar en mil pedazos. Para algunos tal promesa podrá parecer algo sin importancia pero para mí era Destino; una profecía inocua pero ineludible.
A lo largo de mi viaje en el metro yo me entretenía en apreciar por las ventanas una fracción de la ciudad que, secretamente, me revelaba un poco del encanto fugaz de su cuerpo y de sus enredados tesoros. “La destrucción del mundo está próxima”, gritaba un frenético predicador en el vagón. “Pero yo tengo que llegar a Ella más rápido y mucho antes”, grité aún con más fuerza. Bajé del vagón corriendo mientras una canción sonaba estrepitosamente en mis audífonos. Correr a lo largo de los pasillos de metro Tacubaya siempre se me ha figurado como atravesar el interior de un drenaje del futuro, con agua sucia, olor a orines y grasa fluorescente resplandeciendo sobre las paredes.
Salí a la calle para pedir un taxi. “Descansarás cuando estés muerto…” decía Ron Pearlman desde una tele en un puesto de películas piratas a la entrada del metro. La noche era tan fría y yo la saboreaba en el viento que me golpeaba la cara desde la ventana abierta del taxi. Crucé Reforma como si mi taxi fuera el carruaje de un demonio. Pues yo sabía que a lo lejos, más allá del tránsito, Ella me esperaba en alguna parte. Yo lo sabía; así que mientras el taxi desplegaba sus alas sobre el infinito mantel de las avenidas, yo dejaba que la luminosa y frenética noche desplegase las mías.
Bajé del taxi de un brinco y, apenas caí sobre un charco, seguí corriendo. A lo lejos la divisé, Ella estaba allí, de pie con los brazos cruzados sobre su pecho, aguardando por mí como una aparición celestial; ahí, inmóvil en un marco que irradiaba una luz blanca y potentísima . Una luminosidad que me impedía verla directamente. El tiempo se detuvo por un instante y su resplandor absorbió la noche. “La nuit blanche”, pensé. La profecía se había cumplido de nuevo. Mis trastornos y mi sufrimiento habían concluido…una vez más.
A través de la cortina pude ver la luz del sol. El sol cayó como un furioso puño sobre mi cuerpo, todavía unido al de la extraña. Un nuevo día empezaba, el dolor comenzaba a apoderarse de mí otra vez y el frenesí volvía a lamer mis entrañas de nuevo. Apenas y pude ponerme mis lentes negros cuando la velocidad ya se estaba apoderando de mí otra vez. De nuevo me di cuenta que nunca habría descanso para mí. Salí corriendo a la calle, una nueva búsqueda profética había comenzado.
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