
Aquel lugar olía un tanto a humedad mezclada con granos de café frito, tal vez por ello, desde la primera vez que él entró en el silencioso cafecito supo que sería el lugar perfecto para el asesinato… Y en ese detalle estábamos de acuerdo tanto escritor como personaje…
Todo había comenzado con un café cargado y terminaría con otro, no menos cargado. Desde varios meses atrás él fantaseaba con el momento en que se desquitaría de tantas humillaciones: de la separación y sobre todo del rechazo de ella a seguir juntos. Este último párrafo me había parecido vomitivo desde que surgió en el relato pero no encontraba ninguna forma mejor de explicar (en menos palabras) el proceso psicológico por el que atravesaba mi personaje; así que al final decidí dejarlo. Di unos cuantos sorbos de mi cerveza 1906 y encendí la tele, esperando que tal vez al ver Futurama durante algunos minutos pudiera surgirme alguna idea fresca. Pero nada...
Todo sería simple, ella llegaría al lugar llena de esa odiosa confianza que la caracterizaba y se sentaría frente a él para discutir las cuestiones mundanas, inherentes a una separación. Él accedería a todo lo que ella quisiera, como parte de su coartada: se portaría como un total caballero. Como nunca antes se había portado. En algún momento ordenarían café, esperarían un poco, entonces ella, como de costumbre, iría al baño antes de probar su bebida o alimentos. Él usaría ese momento para verter en la taza de ella, el contenido de un pequeño sobre de plástico que guardaba en su chamarra. Ella regresaría, le daría un par de sorbos a su café y, tal vez al notar el amargo sabor del químico, pediría que le cambien su café aludiendo que ése se encontraba demasiado cargado. De todas maneras, tan sólo era necesario un ligero beso a la taza, como ella solía decir siempre, para que el plan surtiera efecto. Él aprovecharía ese momento para pedir la cuenta y despedirse. Todo estaba ya perfectamente tejido y tomando en cuenta que ella era una persona de hábitos fijos, la cosa no podría fallar. Desde la bocinas de mi grabadora me llegan fragmentos de una canción de Unkle...¿"In State"? Me despierto tan sólo para darme cuenta que son las 2:00 am. y que aún no logro acabar el cuento. Cinco latas de cerveza y apenas llevo una página y media de relato. El concurso empieza mañana temprano, por lo cual ya no me dará tiempo de cambiar la estructura del cuento, mucho menos a estos personajes idiotas de los que estoy harto. Parecen salidos de una mediocre imitación de cuento de Patricia Highsmith. Lo del veneno (recurso un tanto obvio y trillado) fue un abrupto cambio de último minuto. En realidad cuando la idea del cuento surgió en mi mente el asesinato sucedía con una granada de fragmentación; detalle más agresivo y algo inesperado. Alguien me dijo que las explosiones eran muy infantiles mientras que un veneno le daría un toque elegante al texto. ¡Pinche veneno, pero en fin! Así que guiado por mi misterioso gurú, decidí acoplar lo del veneno a mi intento de maniobra de supense. Y como ya había mencionado, no me convencen mis personajes: si yo fuera el productor de una película de Hollywood despediría a estos personajes inútiles y contrataría a otros (si no más capacitados) por lo menos más carismáticos: tal vez a Keanu Reeves. Pero lo malo de ser un escritor novato y con pocas ideas es que uno no puede darse ese lujo. No me refiero a imaginar a Mr. Reeves en uno de mis relatos sino a anular a mis personajes de un golpe para construir otros totalmente diferentes: para eso tendría que borrar todo el relato y comenzar desde el principio o tal vez tendría que cambiar el tono de la historia, quizás cambiar toda la idea. ¿Darle más profundidad a mis personajes? No lo sé, cuando estoy desvelado comienzo a pensar más lento. De cualquier forma ya no hay tiempo para nada de lo anterior. Lo único que sé es que debo acabar este cuento, pues me ha traído demasiada mala suerte como para dejarlo inconcluso. Ya lo siento más como una carta cadena. A final de cuentas todo esto del concurso de cuento y de escribir un cuento se ha vuelto un capricho; una obsesión que ha surgido, posiblemente, a raíz de las veinte derrotas consecutivas que he sufrido en los últimos certámenes de cuento en los que me he inscrito. Esto ya es personal, es por honor y por respeto a mí mismo...iré por otra cerveza y tal vez por un poco de tequila.
Aquel día ella llegó algo agitada y se sentó silenciosamente, después de haber lanzado una rápida ojeada al lugar. Él la miró con curiosidad, un tanto divertido al percibirla tan vulnerable. Por un instante dudó, pero al minuto se convenció de seguir con lo planeado. Él ordenó un expresso mientras ella tan sólo pidió un simple americano. Así, cuando ella se dirigió al lavabo, él vertió el polvo sobre la taza que contenía aquel que sería, el último americano de la joven. Al regresar del sanitario ella pronunció las primeras palabras de la tarde. Al parecer se había peleado con su nueva pareja y se encontraba bastante deprimida. Y contrario a lo que él hubiera esperado, ella comenzó a recordar los viejos tiempos.
Se habían conocido por un azar, por un juguetón gusto en común, el de buscar nuevos escondrijos, acogedores lugares donde sirvieran buen café y donde pudieran pasar largo rato leyendo por el precio de unas cuantas tazas. Una tarde, después de haber coincidido ya varias veces en diversos locales, sus miradas se cruzaron en una cafetería de la calle de Orizaba. La primera vez que él la vio sintió una fuerte presión en el pecho. En aquella ocasión él la había hecho reír mucho imitando al alemán de Bagdad Café, en la secuencia que el personaje aspira café molido como si se tratara de una línea de cocaína. Ella había mencionado la aparición de Bill Murray en Coffe and Cigarretes, sufriendo delirium a causa de días de ingerir frenéticamente café. “A veces me sucede”, había comentado ella entre risas. Más tarde vendría el juego continuo, el fingir encontrarse sin plena cita en distintos lugares de la ciudad e, inevitablemente, el despertar juntos. Cuando ella estaba muy alegre, acostumbraba intercambiar tazas sin que él notara la maniobra. Después ella se delataba con una risotada espontánea, tan nítida como el sonido de un cuchillo de plata contra el borde de una copa. Mientras yo leía mi texto en aquella mesa al aire libre, frente a todas esas personas del concurso, de verdad creí por un momento que ganaría... pero nada, todo fue un asco. Ni si quiera pude quedar en quinto lugar. Aunque acepto que el primer lugar estaba más que merecido -lo cual me hiere profundamente con tan sólo recordarlo; no puedo creer haber perdido incluso el quinto lugar contra esa tipa admiradora de Ricardo Arjona. Eso fue demasiado bajo hasta para mí. Ni siquiera pude sentirme mejor con el hecho de haberles ganado a todos los otros concursantes el único taxi del sitio, en el preciso instante en que comenzaba un aguacero. Al llegar a casa arrojé las copias de mi relato al boté de basura y destapé frenéticamente mi reserva de felicidad; una botella medio empezada de Whiskey Jonnhy Jumper. El plan no era seguir las enseñanzas etílico-literarias de Hemingway sino simplemente vaciar la maldita botella.
En ciertos momentos de la charla ella le había tomado las manos, lo cual lo había puesto muy nervioso y confundido. Ninguno había probado aún su café, sólo se miraban y sonreían. De pronto ella intentó besar su mano, pero él la apartó con suavidad, para luego levantarse al sanitario. Mientras se mojaba la cara sentía como si su coraza externa se estuviera desplomando a pedazos ante la fragilidad de su compañera... Las imágenes de ella humillándolo, tildándolo de perdedor y riéndose con esos insoportables largos dientes blancos se mezclaban con la imagen de tímida fragilidad que ella exhibía en aquellos momentos. Mi Whiskey se había terminado y yo había llegado a una conclusión definitiva. Me miré al espejo largo rato intentando darme valor y cuando sentí que ya estaba listo puse los dedos sobre los dedos del otro yo que me contemplaba desde el lado contrario. Ambos asentimos levemente mientras compartíamos un tabaco. Apagué la colilla sobre el espejo, arrojé la botella contra la pared con fuerza y me precipité a abrir el baúl que yacía debajo de mi cama. Retiré los candados y de su interior extraje la Winchester que había sido de mi bisabuelo (en aquel el tiempo en que vivió en Parral Chihuahua y peleó en la Revolución. No es que eso importe ahora) y una pistola calibre 45 con casi toda su carga. Sólo eso sería suficiente. Puse la artillería en una mochila de mano y tomé mi bicicleta.
Él no sabía qué hacer, sus manos temblaban demasiado y tenía los labios secos. De pronto se decidió interrumpir el plan, pues se dio cuenta que después de todo, aunque ya no la amaba, no podría matarla. Le faltaba sangre fría para ello.
Me detuve en la estación de metro Copilco, amarré la bici y me precipité a abordar el primer tren posible. Mi destino era la estación Hospital General. Y como lo supuse, el viaje no fue largo. Tenía poco tiempo, así que tomé mi libreta y comencé a escribir velozmente…
Cuando regresó del baño, la mujer al verlo tan pálido y sudoroso le pasó un pañuelo. “Tienes la boca muy seca, deberías beber algo”. Antes de comenzar a hablar él le dio un par de nerviosos tragos a su café (no estaba tan cargado como otras veces). Cuando ella se disponía a beber el suyo, él le detuvo la mano con brusquedad. “No lo bebas, puede que no te guste…”, le dijo a la chica. “Pero ¿no habías sido tú el que propuso esta cafetería por el buen café?”, exclamó ella con un leve toque de ironía en los ojos. “Además ya casi me acabo mi taza.”
Al escuchar estas palabras el rostro del hombre se llenó de miedo, sentía que todo había sido una equivocación, pronto el veneno la mataría por un capricho de él. Pensó que ya no podía salvarla pero que aún podía intentar salvarse a sí mismo. Comenzó a sentir una fuerte presión en el pecho, de su boca salían murmullos inteligibles y sintió la necesidad de escapar rápido de aquel lugar. Pero no se movió, solamente su rostro se contrajo mientras la temerosa mirada de ella lo seguía…
…pero no sólo la mirada de ella lo seguía. La ansiosa mirada de un individuo lo distrajo por un instante. Era un tipo raro, despeinado y sudoroso (en un rango alrededor de los veinticinco años de edad) que cargaba una pesada mochila de alpinista. El individuo lo miraba desde la ventana del café a la par que escribía, con expresión maniática, en una libreta de mano…
Un espasmo lo hizo escupir un poco de sangre, lo cual lo regresó a su problema principal. Recordó que cuando estaba en el lavabo había creído ver de reojo a ella mover algo en la mesa ¿Tal vez las tazas? Su taza se deslizó de entre sus dedos, miró los negros ojos de la mujer al tiempo que el dolor en el pecho aumentaba. Mientras comenzaba a tambalearse se dio cuenta que, de una forma o de otra, todo se había acabado con esa última taza de café…
¿Fin?
…Permaneció unos segundos mareado con la cara apoyada contra la mesa. Aún sentía el café caliente sobre su piel cuando levantó la vista. La mujer lo miraba angustiada. “Sigo…vivo…”, fue lo único que se le ocurrió decir. En aquel instante el hombre que había visto antes desde la ventana, entró en el café blandiendo una calibre 45. “¡Cambié el final, imbécil! ¡Hora de reescribir nuestras miserables existencias, motherfuckers!”, gritaba frenéticamente aquel hombre mientras abría fuego. Al parecer se encontraba en estado de ebriedad o por lo menos bastante alterado. Disparó dos veces sin lograr darle a ninguno de los dos. La mujer gritó a la par que arrojaba su taza de café caliente en dirección al rostro del desconocido. Maniobra que logró desequilibrarlo por unos instantes. La gente comenzó a precipitarse para salir del establecimiento.
Con el rostro lacerado por el café que aquel personaje hijo de puta me había arrojado en el ojo, me dispuse a sacar la Winchester de la mochila. Por suerte había recordado cargarla en casa. Lancé un tiro al azar pero en dirección de mis presas, el disparo, por fortuna, dio justo en el hombro del personaje macho. Mi momentánea victoria me hizo sentir mucha emoción y, estúpidamente, bajé la guardia. Al ver a su compañero malherido, la hembra tomó un tenedor de la mesa y se abalanzó contra mí, que en ese momento me encontraba efectuando la danza de la victoria y les daba la espalda a mis enemigos. Aunque había recordado usar un chaleco antibalas, la borrachera no me había permitido imaginar la probabilidad de ser apuñalado por uno de mis propios personajes; por lo cual me encontraba totalmente desprovisto de cualquier tipo de coraza protectora.
Al sentir la profunda cuchillada que aquella estantigua de mierda me había propinado, giré bruscamente para repeler otro posible ataque. Con ello logré golpearla con la culata del rifle directo en la cara. Pero en el forcejeo perdí el rifle de las manos.
En aquel momento me encontraba lleno de furia y olvidando el Winchester, me arrojé sobre el personaje femenino para propinarle una buena paliza con el puño que aún podía mover. “Mue-re hi-ja-de pu-…” yo golpeaba marcando las sílabas a cada puñetazo, cuando de pronto escuché que alguien gritaba a mis espaldas. “¡Déjala, cabrón!!”. El otro personaje había cortado cartucho y me apuntaba con el Winchester. Pensé que la cosa se estaba poniendo interesante así que me detuve y, mientras preparaba el revólver, lentamente comencé a girarme hacia él. Cuando estuve frente al tipo, lo miré a los ojos y le dije: “I know what you are thinking…” Pero antes de poder terminar la emblemática frase de Harry el Sucio, experimenté una fuerte detonación sobre mi cuerpo. El muy bastardo me acaba de abrir un agujero en el abdomen. Acto seguido, le vacié las últimas tres balas de la 45 sobre el cuerpo. El tipo cayó dando giros de manera gloriosa, mejor que cualquier stunt de western gringo. Mis piernas comenzaron a flaquear y tuve que arrodillarme para sostenerme mejor las entrañas, que para aquellos momentos amenazaban con escapar de mi cintura. Al recobrar la conciencia la mujer corrió a abrazar el cuerpo agonizante de su compañero. Mientras le imploraba que no muriera, ella me miraba con ojos llenos de ira y lágrimas. Por mi parte, tuve que soltarme el abdomen un momento para encender un último cigarrillo. “¡Por qué nos haces esto, hijo de puta! ¡Por qué!... ¡Por qué!”, me gritaba la mujer con histeria.
Me tomé mi tiempo antes de responderle. Miré a través de los ventanales del lugar tan sólo para constatar que la realidad que yo había modelado, comenzaba a colapsarse. En la calle un silencioso huracán barría a su paso autos, banquetas, árboles y hombres por igual…Tal vez todo se debía a que mi mente empezaba a nublarse a causa de la pérdida de sangre. Di una larga fumada al cigarro al tiempo que decía con gran esfuerzo:
“Les hago esto…porque soy un mal escritor, ¡ja!” y al terminar tan mediocre parlamento apagué mi tabaco sobre un amasijo de C4 que había estado ocultando entre mi ropa, un sublime verso ardiente que ningún personaje jampas podría olvidar.
Skeletonboy, Noviembre 2010
No se nota, no en este post. Quién eres?
ResponderEliminarCierto...Yo soy George.
ResponderEliminarLeí tu blog (el que por cierto ya conocía) porque vi que en facebuk lo recomendabas como lectura fundamental. He de decir que no está mal; me agradó bastante el texto sobre el dedo herido. Y te agregué como primer amigo porque mi blog es algo nuevo y, además, porque me interesa tu opinión. No todas las opiniones me interesan, pero la tuya me parece de confianza.
Saludos