domingo, 12 de diciembre de 2010

Espacio en blanco


“…you'll hear math

Numbers crunch your bone well

Struggle through your own hell

Pray you weren't alone

When your dome fell

Oh well

Grab another mop for the body shop

And while you rot

The dead'll get the fuck up and walk…”

Dj Krush


“Entre la transparencia y la opacidad blanca, existe un número infinito de grados de turbiedad… Se podría llamar blanco al destello fortuitamente opaco de lo transparente puro.”

Goethe


Un gran recuadro blanco se extiende a lo largo de mi mente. Un jodidamente inmenso cuadro blanco de mierda que ciega mis ojos con su fluorescencia. Nada parece dibujarse o reflejarse sobre aquel blanco dominio de la nulidad.

Alrededor de tan perfecta nada, en un putrefacto fuera de cuadro, una enorme horda de muertos vivientes se agrupa salvajemente, levantando sus carcomidos brazos en dirección al monolítico recuadro blanco de mi mente. Esos ansiosos y podridos muertos gimen al tiempo que en sus ojos blancos se refleja aquella pantalla de cine carente de cualquier proyección. Aquella pantalla que refleja una parte sustancial de mi desesperación, mas no la totalidad. Los muertos intentan subir, ascender a escena pero son derribados por un hábil sniper, que oculto en la lejanía se ha parapetado para impedir el avance de los cadáveres; pero los hediondos cuerpos no detienen su marcha. La situación no puede continuar así.

Desde que la peste se desató la televisión y todos los otros medios han dejado de transmitir; la información ha cesado dejando a su paso un inmenso recuadro en blanco. Aunque esa no parece ser una explicación del todo satisfactoria. Estoy en la oscuridad pero no sueño esta vez. Contemplo a la horda de muertos surgir de la presión que el ridículo mundo real imprime en mi interior. Y heme aquí, arrinconado en un armario, con una escopeta entre mis brazos y un par de municiones. Todo esto se cristaliza para generar con ello una enorme pantalla vacía, un empty space de mierda: una mordedura sobre mi hombro y una hemorragia que coagula en muerte. La pantalla en blanco de mi pensamiento.

Mi voluntad se esfuerza por mantenerme en el aquí y ahora pero ese recuadro no deja de aparecer, de parpadear dentro de mi cerebro. A final de cuentas el recuadro es lo único que me sostiene. La situación es crítica pues la fiebre ya comienza a nublar mi razón. Así que en un arranque de infantil desesperación, mi Super yo decide enviar un helicóptero artillero para bombardear a los cadáveres que lo carcomen y defender así, el aletargado recuadro blanco, la tiránica pantalla de mis ideas. Aún ahora, a pesar de la debilidad que me invade, me parece todavía irónico el hecho de defender un recuadro lleno de nulidad. Los pensamientos vivos me han abandonado desde hace mucho y ahora los muertos me abruman, tan sólo para revelarme que estoy haciendo literatura...literatura barata. ¿Pero acaso no todo lo que nos rodea se constituye de mitos? Mitos que nos sostienen y mitos que nos derrumban.

El helicóptero sobrevuela la zona infectada del pensamiento, mientras que una ametralladora rocía con enjambres de furiosas balas a los cadáveres. A la par, el piloto libera un par de misiles AGM-114, motherfucking hellfire, sobre los difuntos resurrectos, convirtiéndolos así en ceniza o en difuntos nuevamente. Pero los muertos no dejan de surgir y las balas se agotan.

El helicóptero es alcanzado por la onda de choque de uno de sus propios misiles. La turbulencia lo hace descender un poco, permitiéndole a los cadáveres colgarse de sus flancos; la nave comienza a jadear, desciende otro poco, intenta levantar el vuelo de nuevo pero más cadáveres se han adherido a él. No puede más, se precipita en un aterrizaje forzoso.

“Yo tuve un sueño…”, me repito con insistencia mientras intento calmarme. Porque en realidad es cierto, yo también tuve un sueño alguna vez, todos hemos tenido alguno, aunque éste tan sólo fuese una enredada y triste cadena de vagas percepciones. Percepciones en las que el color blanco se confunde con la nada. Pero yo tuve un sueño en el que me veía corriendo alegre a momentos; otras veces caminando y fumando un silencioso cigarro a través de calles desconocidas. Me vi habitando otra tierra, otro lugar, otro país. Sin pretensiones vacuas, sin fotos ridículas al lado de la torre Eiffel, el Big Ben o el Coliseo; simplemente me vi sentado humildemente (con un cigarro en la boca y una botella de vodka envuelta en papel) en la banca de algún parque lejano, desconocido y, debido a lo mismo, hermoso. Aquel sueño no pudo haber sido falso, porque una vez soñé que perdía dos dientes de un golpe y meses después así fue. Los sueños no siempre engañan al alma. Por un instante mi sueño ha iluminado el cuerpo de aquella pantalla blanca.

El helicóptero ha caído entre las masas de cadáveres voraces, quienes se abalanzan para devorar a los tripulantes heridos. El piloto y el copiloto tratan de abrirse paso entre tanta mierda con la ayuda de sus rifles R-15… “Just like a blade in the black”, grita uno de ellos. Aquel par de ilusos americanos imaginarios quieren detonar el dispositivo secreto del helicóptero para así inmolarse y destruir a sus agresores con la ayuda del fuego nuclear. Una bomba que detonaría como una idea implacable. Para ellos todo pasa a reducirse a simples explosiones. Pero las explosiones no son simples, al menos no para mí. Al final de una gran explosión todo regresa al silencio, pero a un silencio invaluable. He ahí su belleza. Cuando el silencio llegue me habré ido y conmigo el sueño, mientras tanto puedo adelantarles que el piloto y su ayudante han muerto en en medio de su heroíca hazaña, pues una ola de oscuridad putrefacta los ha devorado sin clemencia.

El otro soldado, aquel que accionaba la ametralladora, se encuentra momentáneamente protegido en la panza del helicóptero. Es el único que puede accionar el dispositivo secreto pero ha perdido gran parte de la movilidad de su cuerpo, debido a un metal que ha lastimado su pierna derecha. El soldado de la ametralladora tuvo un sueño también: Primero una pantalla en blanco apareció en su cabeza. Después se visualizó a si mismo corriendo en la pantalla, atravesando una escenografía que le era desconocida. Se vio persiguiendo cosas de su pasado (no me queda muy claro qué cosas) a lo largo de hermosas ciudades desconocidas, como sacadas de un libro para niños. Al final pudo vislumbrar un amanecer en blanco y negro pero dotado de una gran luminosidad.

El soldado abre sus ojos justo cuando los cadáveres comienzan a entrar al interior del helicóptero caído. Derriba a unos cuantos con su pistola pero después de agotar dos cargadores, en el tiroteo se da cuenta que será imposible vencerlos a todos. Los cuerpos putrefactos se abalanzan sobre él; ya lo muerden, ya le desgarran el brazo con el que disparaba…pero él tuvo un sueño y en éste todo brillaba con una luz resplandeciente, como la de un gran recuadro blanco. El botón rojo que activa la bomba dará testimonio de ello. “Que se haga el gran blanco…”, repito yo en voz baja, mientras me dejo escurrir sobre la nada. “Fuck’em all, baby!” Así de sencillo, porque ahora el sueño se escapa de mis manos.

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