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lunes, 1 de octubre de 2012

Ella-Allá

Texto: @GiorgioDammit

The truth is out there
X-Files 

I'm the kid with the formula
it must be  my mind reign
I'll make your back break...
Tricky

¿Cómo fue que Ella y yo reaparecimos del otro lado del espejo? Todo comenzó un día como cualquier otro. Sin mayor aviso, esta joven apareció y restableció el flujo de lo Real a su cauce, estoy convencido de que alguien así debería tener un monumento entre los grandes y, sin embargo, ella se conformó con el dulce beso del olvido.

Como característica básica, su esencia altera las reglas de la física; ella es alguna especie de evento paranormal que sólo se devela en espacios cerrados.
Los científicos no logran explicarse cómo pero cada vez que ella aparece en este plano de realidad y emplea sus facultades especiales, las cosas cambian de lugar sin más y las propiedades naturales de la materia se transmutan también: los libros, los papeles, mis discos, la computadora, el agua, el fuego, mi cerebro, etc. Todo se re-ordena y transforma.
En 1967 el FBI comenzó a seguir de cerca este caso después de un incidente a las afueras de Nuevo México pero así de inesperado como surgió, la cuestión se evaporó en la nada de otro día soleado; durante treinta años no se logró ningún tipo de avance, parecía como si el evento jamás hubiera ocurrido, al final terminaron archivándolo en la "I"  de la sección "Inexplicables".
Al parecer los chicos buenos de las películas perdieron el rastro de su objetivo justo a las afueras de aquel opresivo, polvoriento y adormilado pueblito en Nuevo México. Cuando en 1967 aquel mítico grupo de cinco agentes especiales penetró en la zona supuestamente contaminada, no encontró nada. O mejor dicho, encontró la Nada en estado puro. Todo el caso se desvaneció ante sus ojos, entre la silenciosa soledad de las imperturbables cuatro paredes de un cuartucho desvencijado de motel viejo. Después de aquel día, ella y yo reaparecimos del otro lado del espejo.
Algunos podrán creer en su existencia como en la de una diosa; otros podrán dudar, a mí me da igual. Muchos la han visto pasar por la calle tranquilamente en su bicicleta, sin saber que se trata de ella. Algunos supuestos especialistas dirán que todo el asunto es una farsa, que ella tan sólo es una chica común y corriente que no tiene don alguno;  tal vez estén en lo correcto, ella es una joven de cabello negro y ojos grandes que sólo va por ahí, de librería en librería buscando el ejemplar adecuado para construir el puente entre una dimensión y otra: "...ella es un ser para el cual el mundo exterior es una realidad interior", dijera el investigador en física cuántica e ingeniero, Dr. Álvaro de Campos.

"Para re-crear la fórmula de la dislocación multi-real. Como la mariposa nocturna que se enciende en llamas al tratar de cruzar el umbral de fuego, el vórtex final, se necesita un recipiente que pueda acelerar las partículas de la materia oscura a partir de restar cuatro ceros en una secuencia de quinientos dígitos muy cercana al cero. Porque, si de verdad me entienden, notarán que ése es el misterio: el salto cuántico sólo puede efectuarse de esa forma. Es como brincar a ciegas sobre el vacío, sin esperar nada a cambio; eso es todo. No hay gran ciencia. Dicho de otra forma: Ya he visto a Isis... ya he rozado a Isis, sin embargo, no sé si Isis realmente existe", me explicó en una entrevista el viejo Doctor De Campos. 
La única verdad que opté por confesar mientras los hombres de trajes oscuros y gafas polarizadas me golpeaban las costillas sin piedad, fue que cuando ella se despoja de sus mantos, de su apariencia humana, la realidad implota y se contrae hasta el infinito… [Lo que no les dije fue que en aquel momento mi mente fue como un gran ojo. El ojo que observó a la mujer arlequín desnudándose frente a la Nada. Frente al sinsentido de la creación. Mi mente bebió de su cuerpo, como si bebiese de un pozo secreto, para luego comenzar a filmar lo invisible, la visión primigenia. Y ella allí, ella-allá, tan sólo danzando, materializando las formas con sus labios, arrancándoles aquellos corsés de vacío, de inexistencia, que lo cubren todo. Entonces emergió de pronto la noche más pura del universo, en medio de aquellas cuatro paredes silenciosas, y todo cambió para siempre]. Así es, aquel día ella y yo reaparecimos del otro lado del espejo, pero en dimensiones separadas. Como seres fragmentarios, como motas de polvo arrojadas al viento de la materia. Eso es todo en realidad, no hay gran ciencia.

viernes, 24 de agosto de 2012

Borges y Pacheco: "Morirás lejos" y el laberinto del tiempo

Texto: @GiorgioDammit


An abyss that laughs at creation, 

A circus complete with all fools, 
Foundations that lasted the ages, 
Then ripped apart at their roots.
Joy Division

...un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, 

podrían enloquecer a una persona, si ésta no logra olvidarlos.
Borges


Abro otra puerta. No hay misterio. 
Entiendo que el mundo comenzó por ser nieve.
Pacheco
















José Emilio Pacheco fue uno de los últimos maestros Gin-zu que aún caminaban sobre la  Tenochtitlán posmoderna en esta década. Siempre obsesivo, encerrado en su biblioteca, errabundo entre libros en busca de la palabra correcta. También, uno de los pocos que consiguió introducir la estructura luminosa del haikú bajo el envoltorio de la novela, para con ello manipular la sustancia del tiempo narrado. En ese tipo de recursos, Pacheco me recuerda al Jorge Luis Borges del "Aleph". 

Pocos escritores como José Emilio para narrar/reinventar a través de la ficción las violentas transiciones del tiempo en la conciencia. En muchas de sus narraciones parece imperar esa obsesión nostálgica por "el tiempo perdido", por un presente alienador y un futuro incierto. Tal idea sobre el paso del tiempo y el cambio, aunque muy presente en su poesía (“No me preguntes cómo pasa el tiempo”,“Irás y no volverás”, “En resumidas cuentas”, entre otros), se ha cristalizado en muchas de sus narraciones iniciáticas sobre el mundo de la niñez y la adolescencia; en las que la ciudad aparece como el gran espacio de transición, el espejo tarkovskiano que retrata el paso del tiempo.

La novela Morirás lejos (1967) juega con la alteración del flujo del tiempo a partir de la conciencia de los personajes pero va un poco más allá, a mi parecer; nos lleva y nos pasea por las más oscuras geografías borgianas. En este texto, aparte de la preocupación por la conciencia del tiempo, encontramos otros elementos muy llamativos, entre ellos lo que para mí pareciera el establecimiento de una diálogo directo con el relato “Deutches Requiem” de Borges. En la novela de Pacheco penetraremos hacia una perspectiva intimista de la realidad en la que destacará esa característica preocupación histórico-social del autor mexicano; elemento que viene a darle un giro muy particular al texto al momento de establecer el contraste con los elementos análogos contenidos en el “Deutches Requiem”  del narrador argentino.

Tanto en algunos textos de Borges como de Pacheco, observamos claramente esa idea totémica del Tiempo como cruel faraón de la vida de los personajes;  en Morirás Lejos la vida de dos seres sin rostro se cruza misteriosamente en un irrepetible instante, en el que uno (Eme) observa desde atrás de unas persianas el universo, la creación de la maldad primigenia y, por supuesto, al otro (¿víctima o verdugo?). Ese "Alguien" situado en un parque con olor a vinagre frente a la casa del primero, justo debajo de la ventana cubierta por  esas polvorientas persianas del anonimato. En ese instante en el que la suerte de ambos personajes es arrojada en un águila o sol, el narrador omnividente se concentra en alimentar la trama (a la par que la estira y afloja) con miles de hipótesis sobre la vida de ambos contendientes, así como de datos históricos: la destrucción de Jerusalén por los romanos y la “GrossAktion” de los alemanes contra el ghetto de Varsovia, etc...

Por otro lado, en “Deutches Requiem” Borges despliega ante nosotros un escenario donde el pasado heroico lleva al fascista a convertirse en el agresor perfecto: la eterna lucha de contrarios, entre el torturado y el torturador se condensa en una ecuación cargada de causas y resultados: la violencia vista como laberinto humano. Una paradoja cíclica que, al igual que en el texto de Pacheco, está destinada a repetirse al infinito. Justo en la siguiente cita, Borges nos da la clave, la tonada de repetición neurótica que emplean ambos narradores para trenzar a sus personajes opuestos:

"No hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas." (Borges, 1949: 102)

Lo primero que el escritor mexicano bosqueja al iniciar su novela es una escena como de pintura, en la que dos hombres (observador y observado, como sacados de alguna trama de Hitchcock) están presentes, para después empezar a delinear los posibles caminos del crimen. A través de un ir y venir de estructuras desmontables en las que por momentos nada existe –“El pozo no existe, el parque no existe, la ciudad no existe.” (Pacheco, 1967: 36)– el tiempo de la historia se retuerce entre un "antes" de la destrucción y un intangible "después". Se nos devela más como un presente eterno dentro de la mente del personaje Eme, para luego desdibujarse hacia muchos futuros hipotéticos.

El presente, marcado por ese obsesivo reloj imaginario se vuelve un impredecible eje conductor, en el cual Eme se atormenta por la idea de ser juzgado a raíz de sus crímenes. El tiempo y el recuerdo rigen todo; se rememoran las brutalidades pasadas. Del mismo modo el instante de muerte que padece Eme frente a la ventana hace que todo se convierta en una sinfonía del dolor, para la cual la posibilidad de algo insólito será lo único tangible.

En el desenlace de la novela de Pacheco la denuncia hacia un crimen imperdonable, antiguo, pero al mismo tiempo cíclico, es una de las muchas formas que se unen al juego de las posibilidades. La última parte del texto se debate entre convertirse en el clásico final de un thriller negro, donde la irónica carcajada de un texto caprichoso en donde el destino juega con la trastornada mente del protagonista y también con la de lectorM o convertirse en una radiografía ficcional de las atrocidades de la humanidad.

En este punto la novela de Pacheco se cruza con la forma borgiana pero se aleja; pues en el argentino la necesidad de darle un relieve épico se mezcla con lo irónico (en el testimonio que Otto Dietrich zur Liende deja para sus testigos) y con la maldición laberíntica de una circularidad temporal; mientras en Pacheco, la ironía se gesta desde la locura del personaje (niño extraviado en sus fantasías homicidas) para emerger desde la intimidad de la mente hacia un hipotético y trágico fin; o para fundirse en la desaparición de todo el escenario, del mundo (incluso del tiempo), pero no del crimen. Las múltiples posibilidades se condensan en una sola. 

En Pacheco el tiempo se desvanecerá como utilería de un set de filmación, para dejar expuesto el crimen primigenio (el crimen imperfecto), mientras que en Borges el tiempo será el torturador de los protagonistas y el dictador de sus acciones; un laberinto eterno que siempre culminará oponiendo a los mismos actores, para después fundirse en el río de Heráclito e iniciar nuevamente.

Para Borges pareciera que el crimen y todos los crímenes de la humanidad pueden perderse en el todo, para Pachecho aunque la nada arrasara con cualquier escenario posible, quedaría ahí un eco de la atrocidad cometida. Una atrocidad que volverá a cometerse, con jugadores similares en el escenario, porque es parte de lo humano. Dos relatos, dos autores, diferentes perspectivas, diversos desenlaces pero un mismo escenario, el tiempo inasible; mientras en la intimidad de las voces internas, en la memoria, se devela el gesto siniestro e inmutable de la tragedia del hombre.