domingo, 14 de noviembre de 2010

Esbozos pulp de un misterio sin secuela…



Eduardo Martínez se levantó aturdido en medio de aquel callejón maloliente. En su quijada aún punzaba el golpe que una sombra misteriosa acababa de propinarle y a raíz del cual su rostro exhibía una coqueta mancha de sangre seca alrededor de la boca. “No podría encontrarme en una situación más mierdosa”, pensó.

Al parecer su compañero e inseparable camarada, el intrépido y fabuloso Doctor Kalashnikov había desaparecido al igual que el agresor. Aquel compañero excéntrico y sombrío que el destino (dios o el diablo) había puesto a su lado, en ocasiones llegaba a ser todo un problema; a veces sentía que el genial científico y artista del escapismo lo ayudaba incondicionalmente y en otras sentía que el Doctor quería destruirlo y apuñalarlo por la espalda con extremo sadismo. Fuera como fuera, Kalashnikov era su compinche y la mejor ayuda que pudiese pedir, sin importar su tendencia a desaparecer cada que el peligro acechaba, a relacionarse con muchos de los maleantes a los que combatían (al grado de haberse pasado a su bando sin explicación previa o posterior, en más de una aventura. Situación que Martínez muchas veces había tenido que encubrir ante la ley) o a disparar sobre los enemigos cuando ya estaban rendidos. A pesar de su sociedad con el Doctor, Eduardo no ignoraba aquello que supo desde el primer día en que trabajaron juntos: que el Doctor Kalashnikov era un ser perverso, casi tan diabólico o tal vez más que cualquiera de los criminales y psicópatas a los que cazaban noche tras noche. Pero, en dado caso, qué mejor recurso que combatir el fuego con NAPALM, se decía constantemente para no deprimirse.

Volviendo al tema, Eduardo pensaba que todo aquello parecía obra del terrible narcotraficante puertorriqueño Daddy Joy: Un descabellado criminal del mundo de las drogas e incluso sospechoso de haber colaborado en el September eleven de los gringos; por no mencionar su enfermiza obsesión por la pornografía de ancianos. Joy era la pista más obvia, aunque también la menos probable como siempre sucede en este tipo de aventuras; es por ello que Eduardo Martínez no pasaba de largo los nombres de otros muchos grandes renegados, como el caso de Bin Laden, el Chapo o Hitler. “Claro”, pensó Eduardo, “para Hitler es más fácil cometer crímenes perversos ahora, en pleno 2010, justo ahora que todos lo dan por muerto”.

Eduardo Martínez, detective y filósofo de profesión, entre sus miles de teorías, -muchas de ellas desarrolladas en el lejano periodo en que estudiaba derecho y tomaba un curso de secretariado bilingüe- tenía la cabeza hecha un embrollo y mientras se incorporaba pensó que el siguiente paso a seguir sería entrevistar a Felipe Birch, el controversial RocknRolla yonqui. Birch era su mayor contacto en el bajo mundo, por ser un tipo envuelto en diversos escándalos (desde drogas hasta prostitución) al que anteriormente se pensaba muy vinculado con el Cartel de Daddy Joy. Pero antes que nada, antes que buscar al culpable, antes que indagar el paradero de su fiel comparsa o cortejar a alguna dama… Antes era cumplir con el ritual y poner un poco de fuego en los pulmones.

Martínez recogió su 45 del suelo (revisó las balas), surgió caminando de entre las sombras del callejón y de su casaca verde militar sacó una aplastada cajetilla de cigarros sin filtro. “Tan sólo uno antes de seguir”, se dijo, y tenía razón porque un poco de poesía humeante en el cuerpo no le cae mal a nadie, mucho menos a un sabueso de criminales.

El detective caminó unos pasos hasta llegar a la avenida más cercana. Ahora, detrás de esa particular cortina de humo que emergía de sus fosas nasales, su propia cortina de humo, todo se veía más claro. Y la fisonomía del culpable se formaba entre las estelas del tabaco combinadas con las luces de los automóviles que cruzaban a gran velocidad frente a sus ojos. Recordó las palabras del viejo Desmond, su maestro…cuales quiera que éstas hayan sido, lo visualizó sentado en su silla de ruedas en su tienda de tableros de Ajedrez agitando la mano al aire como una especie de sabelotodo o como un obrero en una manifestación. Eduardo esbozó una sonrisa torcida y sacó de la cartera de Desmond un par de billetes. Al parecer la poetisa barroca venía acompañada de sus mellizas. “¿Whiskey o cerveza, chiquitas?”, preguntó Eduardo mientras contaba los billetes frente a sus ojos. Todas estas cautelosas medidas no las tomaba fortuitamente. Martínez sabía desde el comienzo que al echar a andar toda esta maquinaría diabólica él tendría que correr entre un alucinante sendero lleno de espejos y laberintos para que al final de la noche un tipo aún desconocido terminara con un tiro entre los ojos; mientras él, tan solitario como siempre, pero con un tarro de cerveza entre las manos brindaría a la salud de los poetas de la música norteña. Así es como funciona la maquinaría infernal del mundo moderno, de este mundo de sombras. Después de un rato caminando a prisa, como era su costumbre, notó que le dolía menos la quijada (sus pensamientos ya comienzan a disolverse entre éstas últimas letras) y mientras aprieta el cigarrillo entre sus dedos vislumbra que el resto de toda esta opereta barata será pan comido.

Guanajuato, Septiembre de 2010

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